Es este un libro cuyo contenido sin duda habrá de molestar, por no decir escocer, a más de uno; pero, por aquello de que no hay noche sin su día ni luna sin su sol, es también muy posible que logre suscitar entre sus lectores alguna adhesión, que desde luego su perpetrador no pretende ni total ni inquebrantable. Aunque tal vez el título pueda sugerirlo, no se trata de un repertorio de aforismos, ni de máximas, ni siquiera de cogitaciones más o menos profundas, en la estela de lo que pudieron escribir autores de la talla de Marco Aurelio, La Rochefoucauld, Pascal, Gracián o Friedrich Nietzsche, aunque algo de eso hay. No; el rótulo hace más bien alusión a esa batería de abigarradas y heterogéneas intuiciones que le vienen a uno a la cabeza en el ir transcurriendo de su diaria y casi siempre rutinaria experiencia y que por alguna oscura razón no desea que se hundan en la nada y el olvido, al menos no tan pronto. Ocurrencias, más que meditaciones o pensamientos; e intempestivas, por las gotas de vitriolo que muchas de ellas puedan derramar sobre ese territorio sembrado de certezas oficialmente admitidas y greg